
Hablar de libertad resulta relativamente sencillo cuando la entendemos como la posibilidad de elegir. Decidir qué queremos hacer, qué camino seguir, qué pensamos o cómo queremos vivir forma parte de aquello que consideramos esencial para sentirnos dueños de nuestra propia existencia.
La dificultad comienza cuando nuestras decisiones producen consecuencias.
Porque la libertad no termina en el momento de elegir. Continúa en la responsabilidad de asumir aquello que nuestra elección provoca.
Resulta tentador reclamar libertad para decidir y buscar después fuera de nosotros las razones que expliquen un resultado que no esperábamos. Las circunstancias existen, condicionan nuestras posibilidades y, en ocasiones, reducen enormemente nuestro margen de elección. Pero incluso entonces permanece una pregunta difícil de evitar: qué hacemos nosotros con aquello que sí depende de nosotros.
Responsabilidad tampoco significa cargar con la culpa de todo cuanto ocurre. Ser responsable exige precisamente distinguir entre aquello que podemos controlar y aquello que escapa a nuestra voluntad. No podemos responder por todas las circunstancias, pero sí por muchas de nuestras decisiones, por nuestros actos y por la manera en que reaccionamos ante ellas.
Y esa relación adquiere todavía mayor importancia cuando nuestras decisiones afectan a otras personas. En la familia, en el trabajo, en una empresa o en cualquier posición de liderazgo, nuestra libertad deja consecuencias que no terminan necesariamente en nosotros.
Por eso libertad y responsabilidad crecen juntas. Cuanto mayor es nuestra capacidad de decidir, menos razonable resulta pretender que las consecuencias pertenezcan siempre a otros.
En este apartado del Cuaderno de Valores reúno reflexiones sobre esa relación entre elección, consecuencias, responsabilidad personal y libertad.
No para defender que podemos controlar cuanto nos sucede.
Para preguntarnos qué hacemos con aquello que sí estaba en nuestras manos decidir.
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