Humanidad y excelencia en Palma

Una persona de la calle, un ciudadano de a pie, normal y corriente, que se enfrenta a las distintas dificultades de la vida ciudadana, plagada de problemas, de incidencias y de piedras de tropiezo, afronta la vida cotidiana en función de su poder de respuesta frente a todos esos obstáculos, bien sea económica, de poder, de relaciones, etc.

No es lo mismo una persona con una fuerte incidencia social, léase un actor, un cantante, un deportista (famosos, por supuesto), un político o una persona que no tiene que preocuparse al mostrar su blackcard de cómo vaya a quedar esta después de su uso. Cuando eres un ‘mindungui’ o un ‘perroflauta’, que viene a ser como cualquier otro mileurista o jubilado, tu trascendencia frente al muro social es bien diferente y bastante más dura y complicada de sortear.

Por eso, aquellos que, como yo (jubilado), nos dedicamos a desarrollar contenidos con mayor o menor fortuna lectora, así como a escribir libros de esos que nunca acaban de llamar la atención, sólo podemos permitirnos el lujo de agradecer a los que nos ayudan, atendiendo al principio de la humanidad debida, publicando sus nombres y a quienes representan para conocimiento público de los pocos que finalmente nos acaben leyendo. No es mucha la compensación que ofrecemos, pero damos lo que podemos, que los ingresos no van a determinar nunca nuestra aportación a la sociedad. Y, ya se sabe aquello de que: «de bien nacido es ser agradecido«

Esta es una historia simple y breve. Dura y complicada para una persona muy querida para mí: mi cuñado.

Vive trabajando en Palma, si bien su casa compartida con su mamá se encuentra en Oropesa del Mar. Es el responsable de cocina de un importante restaurante de Palma. Saliendo de trabajar un domingo cualquiera del mes de octubre de 2026, y dirigiéndose a su domicilio, la moto le jugó una mala pasada al entrar en una rotonda. La vida se le volteó pero, una vez más, Dios le ofreció una wildcard, entendiendo por tal una nueva oportunidad de jugar.

No fue gratis. Tibia, peroné, tobillo, siete costillas y clavícula, un panorama ciertamente complicado por el que sólo podemos dar las gracias a Dios por salvarle la vida en un punto urbano en el que, generalmente, circula una gran densidad de vehículos y en ese momento no pasaba nadie.

Traslado al Hospital Universitario Juaneda Miramar en donde le comenzaron a aplicar las primeras curas. Una vez atendido, una doctora de urgencias le explicó las intervenciones a las que se debería someter. A continuación, le preguntó si pertenecía a alguna mutua y mi cuñado, en un estado de shock propio después del accidente, le facilitó la tarjeta de Adeslas, compañía aseguradora vinculada a La Caixa que, por lo general, presta un muy completo servicio.

Y saltó la sorpresa. La doctora que le atendía le espetó que esa intervención quirúrgica no estaba contemplada por un seguro que presuntamente no cubría los tornillos que le habían de implantar en primera instancia (aseveración que días después negaron desde la propia aseguradora). El coste ascendía, aproximadamente, a seis mil euros. Con todo, le realizaron las primeras curas y radiografías de las lesiones y lo subieron a una habitación en planta mientras le mantenían medicación y calmantes.

Al día siguiente, ya con la intervención de la empresa para la que trabaja mi cuñado y de un amigo íntimo, empresario y no dispuesto a quedarse con las explicaciones de este primer centro de salud hospitalario, miraron la posibilidad de trasladarlo a otro centro, donde tampoco pudo derivarse por no tener convenio con FREMAP, la mutua laboral que tiene la compañía contratante del trabajador.

Finalmente fue derivado a la Clínica Rotger Quirónsalud. Y aquí sí, se pusieron manos a la obra a la vista de la información con la que contaban del anterior centro en el que se ingresó en primera instancia e hicieron todas las pruebas pertinentes. Importante resaltar que lo mantuvieron en UCI debido a la presión de las costillas fracturadas sobre el pulmón, algo que no hicieron en las primeras intervenciones poniendo en riesgo su vida.

A partir de aquí, todo sobre ruedas. No hay nada como una buena empresa o institución, atendida por buenos profesionales. Lo que sí puedo decir es que la atención del personal de la Clínica Rotger Quirónsalud de Palma (no hablo de otros lugares porque lo desconozco) raya la Excelencia, algo que en mis escritos y en mi último libro se resalta especialmente. Ni una queja, ni un problema, ni una desatención… humanidad, servicio y profesionalidad y quiero recalcar lo de la humanidad de todo el personal, tanto en UCI, como en planta (la séptima), como en la recepción, como en cafetería, como los equipos de limpieza y de apoyo (fisios y demás colaboradores). Ni una sola desatención.

Y como no quiero ningún olvido, no voy a enumerar a todos y cada uno de los que han interactuado con la atención de este paciente que han sido muchos, pero todos, absolutamente todos y cada uno de ellos son remarcables.

Pero vayamos a otra profesional a la que sí puedo remarcar y señalar expresamente. Se llama Olga y es trabajadora social en FREMAP. Debemos reconocer que los primeros contactos con la mutua nos dejaron muy fríos y no fueron todo lo afortunados que hubiéramos esperado, pero, no obstante, Olga justificó esa queja por actuación necesaria técnicamente, gracias a la cual todo lo demás había resultado mucho más fácil.

Esto, a mis ojos, no resultaba ser más que una salida política totalmente adecuada ante una reclamación, en la que no dejas mal a nadie y defiendes a tu compañía, de manual del buen profesional que atiende Reclamaciones. Pero no lo era tanto. Olga resultó ser mucho más que eso.

Se mantuvo en continuo contacto con su primer interlocutor (Alberto, el amigo de mi cuñado que estuvo a su lado desde el primer momento) ni que fuera para preguntarle por el estado de salud del accidentado.

Cuando ya contactó conmigo el martes siguiente al accidente, la atención reconozco que me sorprendió un tanto. Amabilidad, cercanía, humanidad, todo revestido de una aparente falta de compromiso en las acciones que habían de adoptar desde la mutua. Luego descubrí que esa apariencia no era más que tratar de trasladar exactamente certezas y no hipótesis de trabajo que luego se cayeran y nos crearan una incerteza en nuestra relación con ellos.

Nada nos aseguraba sin haberlo constatado fehacientemente. Nada nos prometió que no supiera que podía ser ejecutado. Obviamente, uno que está acostumbrado al trato con políticos y funcionarios que no sabes si van o vienen y que mienten más que hablan, agradece este trato directo y humano sin necesidad de establecer las bases de la relación en promesas vanas.

Debo decir también que todo lo que no me podía precisar, lo consiguió con la colaboración de FREMAP, adecuándolo a nuestras necesidades de traslado a otra comunidad autónoma. Olga es de esas personas que se preocupan por sus “clientes” y por encontrar las mejores soluciones a los problemas que le plantean. Esto no quiere decir que algunas gestiones no nos las puedan resolver como a nosotros nos gustaría, pero no siempre depende de ellos y eso cualquiera que lo quiera entender, lo entiende.

Por eso, este escrito no pretende ser un relato sobre mi cuñado o sobre nuestra familia, sino una ampliación, un caso vivido que ilustra la excelencia en el trabajo sobre la que escribí en mi último libro, “Cómo alcanzar la Excelencia”. Pocas veces he encontrado ejemplos tan claros como el de Olga, con la colaboración de FREMAP, y el personal de la Clínica Rotger Quirónsalud de Palma vividos en primera persona, de excelente actitud, desarrollo profesional y trabajo personal.

Gracias por demostrarnos que sí se puede trabajar con EXCELENCIA.

Pd.: Escribo estas líneas un día antes de que nos den la salida (6-7 de noviembre) y la correspondiente alta médica y confío en que nadie de los remarcados lo lea antes de haber salido.

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