
La atención al cliente suele entenderse como aquello que ocurre cuando alguien pregunta, reclama o necesita ayuda. Como si comenzara después de la venta y su función consistiera, fundamentalmente, en resolver problemas.
Pero para entonces el cliente ya lleva mucho tiempo siendo atendido.
Lo atendemos cuando diseñamos el producto, cuando decidimos el precio, cuando explicamos qué puede esperar de nosotros, cuando cumplimos —o incumplimos— una fecha de entrega y cuando hacemos fácil o innecesariamente complicado comprar, preguntar, devolver o reclamar.
Atender bien a un cliente no consiste únicamente en tratarlo bien. Consiste en haber organizado la empresa para no hacerle perder el tiempo.
La amabilidad importa. La empatía también. Pero ninguna sonrisa compensa indefinidamente un pedido que no llega, una promesa que no se cumple, una llamada que nadie responde o un problema que obliga al cliente a explicar cinco veces lo mismo a cinco personas diferentes.
Por eso la atención al cliente no debería ser responsabilidad exclusiva de quienes hablan directamente con él. También depende de compras, logística, administración, producción, tecnología y dirección. Cada decisión interna puede terminar convirtiéndose, tarde o temprano, en una experiencia para alguien que está fuera.
Y hay algo especialmente revelador en los problemas. Cuando todo funciona correctamente resulta relativamente sencillo satisfacer a un cliente. Es cuando algo falla cuando una empresa muestra de verdad cómo entiende la relación con quienes la mantienen viva.
Resolver una incidencia no siempre permitirá conservar al cliente. Pero ignorarla, esconderse detrás de un procedimiento o convertir nuestro problema en el suyo constituye una magnífica manera de perderlo.
En este apartado del Cuaderno de Comercio reúno reflexiones sobre atención, servicio, experiencia, reclamaciones y relaciones con los clientes.
No para aprender a sonreír más.
Para comprender que cada contacto con un cliente dice algo sobre la empresa que hemos construido.
Ensayos incluidos en este capítulo →

Impacto de la falta de compromiso en la experiencia de compra de lujo

¡Coge tus cosas y lárgate! Porque el servicio al cliente apesta

50 Pasos hacia la Excelencia. Paso 19. ¿Sabes sonreir?
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