
La estrategia suele confundirse con los planes. Con decidir dónde queremos llegar, analizar mercados, establecer objetivos y elegir los recursos necesarios para alcanzarlos.
Pero una estrategia empieza mucho antes.
Empieza por comprender. Comprender qué está ocurriendo realmente en una organización, qué lógica explica sus resultados, dónde están sus capacidades y sus límites y qué decisiones pueden cambiar de verdad su trayectoria.
Una empresa puede tener un excelente plan estratégico y carecer de estrategia. Puede definir objetivos ambiciosos, llenar presentaciones de prioridades y establecer indicadores para medirlas sin haber respondido a la pregunta fundamental: ¿por qué hacemos lo que hacemos y qué tendría que ser diferente para obtener otros resultados?
La estrategia obliga a elegir. A decidir qué hacer y, sobre todo, qué dejar de hacer. A distinguir las oportunidades de las distracciones, lo importante de lo urgente y las aspiraciones de las posibilidades reales.
Por eso no pertenece únicamente a los grandes momentos de una organización. Está presente en decisiones aparentemente pequeñas: dónde competir, qué cliente atender, qué producto abandonar, qué capacidad desarrollar, dónde invertir y qué crecimiento estamos dispuestos —o preparados— para asumir.
En este apartado del Cuaderno de Management reúno reflexiones sobre esas decisiones y sobre la lógica que existe detrás de ellas.
No para ofrecer fórmulas.
Para intentar comprender por qué unas decisiones construyen futuro mientras otras simplemente prolongan el presente.

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