Clicar encima de la imagen para acceder al texto referido
Dag Hammarskjöld

Preparando la versión ON LINE de nuestro curso LiderazgoAhora, que esperamos se pueda lanzar pronto al mercado, me viene al recuerdo un artículo de la Vanguardia (25/09/11), firmado por Miguel Calsina, que se refiere a un antiguo Secretario de la ONU de cuyo óbito en poco tiempo alcanzaremos el sesenta aniversario y del que la mayoría ni escuchamos hablar: Dag Hammarskjöld.

Como cuando una cosa está tan bien explicada no es prudente tratar de interpretarla, yo les dejaré con el artículo que me permitió conocer a este personaje en el cincuenta aniversario de su pérdida, que se adjunta (accederán a él clicando encima de la imagen de cabecera)  y que les recomiendo encarecidamente lean.

Sólo quiero resaltar dos puntos:

«En mis nuevas responsabilidades (cuando fue elegido Secretario General de la ONU) el hombre privado debe desaparecer y el servidor público internacional ocupará su lugar» ¡Brutal!

Y de Saint Exupéry: «Un político despliega su máximo valor cuando está al servicio de alguna evidencia moral«

Igualito que los que nos gobiernan a nosotros, hoy en día, «bajo pura gestión de contingencias partidistas o electoralistas y no como búsqueda sincera del interés general» (frase extraída del artículo del propio politólogo y profesor, Calsina, sin su autorización)

 Como sea que los señores de La Vanguardia, protegiendo sus legítimos intereses comerciales, han suprimido el acceso libre y gratuito a la hemeroteca, esta referencia anterior, en la que se basaba este artículo para conocer la obra de Dag Hammarskjöld, no está disponible en estos momentos, pero vamos a intentar darles unas pinceladas sobre la biografía de este personaje impagable a través del siguiente enlace:

https://www.imotiva.es/revista-de-mediacion/articulos/dag-hammarskjold-apostol-la-mediacion

Dado que el texto viene de origen en inglés, nos hemos atrevido a facilitar una traducción mediante IA corregida, para facilitar su lectura a quienes no deseen enlazar o tengan dificultades para la comprensión del idioma original del texto:

Dag Hjalmar Agne Carl Hammarskjöld fue un funcionario, diplomático, economista y escritor sueco. Era el menor de los cuatro hijos de Agnes Almquist y de Hjalmar Hammarskjöld, quien fue primer ministro de Suecia, miembro del Tribunal de La Haya, gobernador de Uppland y presidente del Consejo de la Fundación Nobel (Naciones Unidas, 2012). Fue el segundo secretario general de las Naciones Unidas desde abril de 1953 hasta su muerte en un accidente de avión en septiembre de 1961.

Se le considera uno de los secretarios generales «mejores, más dinámicos e influyentes» que ha tenido la ONU (Annan, 2007; Thakur, 2015), y el presidente John F. Kennedy lo llamó «el mayor estadista de nuestro siglo» (Linnér, 2007). Es una de las pocas personas que han recibido el Premio Nobel de la Paz a título póstumo —en 1961, tras haber sido nominado antes de morir— y el único secretario general de la ONU que ha fallecido en el ejercicio de su cargo.

Sobre su legado, el secretario general Kofi Annan afirmó: «Su vida y su muerte, sus palabras y sus actos, han hecho más por definir lo que el mundo espera de este cargo, y de hecho de la propia Organización, que los de cualquier otro hombre o mujer en su historia. Su sabiduría y su modestia, su integridad intachable y su entrega absoluta al deber han fijado un listón para todos los servidores de la comunidad internacional —y en especial, claro está, para sus sucesores— que es sencillamente imposible de alcanzar. No hay mejor regla práctica para un secretario general, ante cada nuevo reto o crisis, que preguntarse: «¿Cómo lo habría resuelto Hammarskjöld?»… Lo que está claro es que sus ideas fundamentales siguen siendo muy pertinentes en este nuevo contexto internacional. Nuestro desafío es ver cómo adaptarlas a él» (Annan, 2001).

Esta declaración refleja a la perfección su legado y su contribución a consolidar las Naciones Unidas como una institución multilateral capaz de afrontar con imparcialidad los problemas mundiales.

Los primeros años de su carrera

En un breve texto escrito para un programa de radio en 1953, Dag Hammarskjöld habló de la influencia de sus padres: «De generaciones de soldados y funcionarios por parte de mi padre heredé la convicción de que no hay vida más satisfactoria que la dedicada a servir desinteresadamente a tu país, o a la humanidad. Ese servicio exigía sacrificar todo interés personal, pero también tener el valor de defender sin titubeos las propias convicciones. De los eruditos y clérigos por parte de mi madre heredé la convicción de que, en el sentido más radical de los Evangelios, todos los hombres son iguales como hijos de Dios, y que debemos tratarlos como si fueran nuestros señores ante Dios» (Hammarskjöld, 1962).

Uno de los aspectos más interesantes de su trayectoria es que nunca se afilió a ningún partido político y siempre se consideró independiente, lo que demuestra su verdadero carácter imparcial en el desempeño de sus responsabilidades. Dedicó treinta y un años a la administración sueca, en distintos puestos como funcionario y diplomático.

Uno de sus nombramientos más importantes fue el de asesor del Gobierno en cuestiones financieras y económicas. Su tarea consistía en organizar y coordinar la planificación gubernamental frente a los problemas económicos derivados de la guerra. Durante esos años desempeñó un papel clave en la política financiera de Suecia; de hecho, se le atribuye haber acuñado la expresión «economía planificada». Junto con su hermano mayor, Bo, entonces subsecretario del Ministerio de Bienestar Social, redactó la legislación que abrió el camino al actual «Estado del bienestar» sueco (Van Dusen, 1967).

En la última etapa de su carrera en el Gobierno sueco destacó como negociador financiero internacional. Participó en las conversaciones con Gran Bretaña sobre la reconstrucción económica de Europa tras la guerra, renegoció el acuerdo comercial entre Estados Unidos y Suecia, que tenía ya doce años, intervino en las negociaciones que dieron forma al Plan Marshall y ocupó un puesto de liderazgo en el Comité Ejecutivo de la Organización Europea de Cooperación Económica. Dirigió varias negociaciones comerciales y financieras con otros países, entre ellos Estados Unidos y el Reino Unido. Esta experiencia pulió sus dotes como mediador, especialmente en las negociaciones con británicos y estadounidenses para poner en marcha con rapidez el Plan Marshall en Europa.

En política exterior mantuvo una línea de cooperación económica internacional (Ahlström y Carlson, 2006). Una de las negociaciones diplomáticas más difíciles que dirigió con éxito en esta etapa fue la que permitió a Suecia no integrarse en la estructura militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y, al mismo tiempo, colaborar en el plano político en el Consejo de Europa y en el económico en la Organización Europea de Cooperación Económica.

Dag Hammarskjöld en las Naciones Unidas

Dag Hammarskjöld representó a Suecia como miembro de su delegación en el sexto periodo ordinario de sesiones de las Naciones Unidas en 1949, y ya entonces dejó huella en la Organización. Más tarde fue vicepresidente de la delegación sueca en el sexto periodo ordinario de sesiones de la Asamblea General, celebrado en París en 1951-1952, y presidente en funciones de la delegación de su país en la séptima Asamblea General, celebrada en Nueva York en 1952-1953 (Naciones Unidas, 2012, p. 2).

Para su sorpresa, la Asamblea General lo nombró por unanimidad segundo secretario general de las Naciones Unidas el 7 de abril de 1953, a propuesta del Consejo de Seguridad, tras la dimisión del primer secretario general, Trygve Lie. Una de las razones de su elección fue que se le respetaba como una persona de absoluta integridad, que actuaba según valores morales y éticos y que había sido siempre apolítico e imparcial. Esa fama le valió el trabajo más difícil del mundo —secretario general de la ONU— en pleno apogeo de la Guerra Fría. El 10 de abril de 1953 juró el cargo para un mandato de cinco años. En septiembre de 1957, más de seis meses antes de que terminara su primer mandato, fue reelegido por unanimidad para otros cinco años.

Brian Urquhart, uno de sus principales asesores y su biógrafo más destacado, contó que las grandes potencias buscaban entonces a alguien que les dijera a todo que sí y, «por pura casualidad, dieron con alguien que era exactamente lo contrario de lo que todos querían. Creían haber conseguido a un funcionario seguro, burocrático y apolítico, y se encontraron con Hammarskjöld. No volverá a ocurrir. Nadie va a cometer dos veces el mismo error» (Urquhart, 1994).

Las grandes potencias descubrieron enseguida que habían elegido a un hombre que les plantaba cara —en especial a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad— siempre que su conciencia o la Carta de la ONU lo exigían. Sus valores fundamentales y sus señas de identidad eran la independencia, la imparcialidad, la integridad y el valor moral. Esto enfurecía a algunos líderes mundiales, pero al mismo tiempo hacía que lo respetaran (Gilmour, 2013).

Como legado a las Naciones Unidas, Dag Hammarskjöld insistió en que una de las tareas principales de la ONU es defender los intereses de los países pequeños frente a las grandes potencias. Fue también uno de los artífices de las fuerzas de mantenimiento de la paz de la ONU y, sobre todo, puso sus buenos oficios como mediador al servicio de muchas situaciones para evitar guerras y tensiones entre los Estados miembros.

Como secretario general sucedió a Trygve Lie, quien no solo había levantado la administración de las Naciones Unidas y participado en la planificación de su nueva sede, sino que además había dado al cargo de secretario general una posición más importante e independiente de lo que probablemente se había previsto en un principio. Es decir, Hammarskjöld heredó un cargo que ya tenía forma y un aparato administrativo con cierta tradición (Jahn, 1961). Durante sus ocho años al frente de la Organización (1953-1961), ideó e introdujo los conceptos de «diplomacia preventiva» (negociar para evitar un conflicto), «diplomacia itinerante» (negociar para poner fin a un conflicto), el «mantenimiento de la paz» clásico (tropas que vigilan un alto el fuego y ayudan a aplicar los acuerdos de paz) y la «presencia política» de la ONU en zonas de conflicto (para evitar que la violencia vuelva a estallar), que sigue siendo hoy la principal tarea de las Naciones Unidas (Gilmour, 2013).

Su legado: la diplomacia (discreta)

No cabe duda de que, al aceptar este alto cargo, Dag Hammarskjöld sabía perfectamente que los años siguientes no serían fáciles. Conocía demasiado bien las dificultades que había sufrido Trygve Lie como para hacerse ilusiones. Consciente de la magnitud y la complejidad de su tarea, se entregó a ella por completo, con toda su determinación y energía. En una carta privada de 1953 escribió: «Saber que el objetivo es tan importante que todo lo demás debe quedar a un lado da una gran sensación de libertad y hace que uno se vuelva indiferente a lo que pueda ocurrirle a sí mismo» (Kuehl, 1975).

Desde que asumió el cargo quiso desempeñar un papel mucho más activo que su predecesor. Ya en 1953, al definir las funciones de la Secretaría y del secretario general, estableció que, si bien es deber de ambos obtener información completa y objetiva sobre los objetivos y problemas de cada Estado miembro, el secretario general debe formarse una opinión propia. Esa opinión debe basarse en las normas de la Carta de la ONU y no debe traicionarlas nunca, ni por un momento, aunque eso suponga discrepar de algunos Estados miembros (Jahn, 1961). Su primer año lo dedicó sobre todo a tareas administrativas: tomar las riendas de la Organización y devolver la moral a la Secretaría y la dignidad al cargo de secretario general. Repetía que el secretario general debía ser «activo como instrumento, como catalizador, quizá como inspirador: él sirve» (PNUD, 2012, p. 8).

Desde el primer momento en la ONU concedió gran importancia a resolver los conflictos mediante la mediación informal, es decir, a través de conversaciones privadas entre los representantes de cada país. Es lo que se ha llamado el «método de la diplomacia discreta». Este tipo de reuniones informales siempre han sido, y siempre serán, una parte esencial del trabajo necesario para acercar posturas enfrentadas. Ante cualquier situación tenía un único objetivo: servir a los ideales que defienden las Naciones Unidas. Se definía como un funcionario internacional, con el acento puesto en la palabra «internacional» (Hammarskjöld, 1961). Como tal, solo tenía un jefe: las Naciones Unidas.

No hay duda de que Dag Hammarskjöld logró mucho gracias a sus mediaciones informales, en las que demostró una gran iniciativa personal (Jahn, 1961). En numerosas ocasiones dejó su huella como mediador eficaz, usando su «diplomacia discreta» para rebajar tensiones entre Estados miembros. Uno de sus éxitos más notables llegó en 1955, cuando negoció con la República Popular China la liberación de quince aviadores estadounidenses detenidos que habían servido bajo el Mando de las Naciones Unidas en Corea (PNUD, 2012, p. 2).

Los primeros y más difíciles conflictos que le tocó resolver surgieron en Oriente Próximo. El primero fue el enfrentamiento entre Israel y los Estados árabes en 1955. Como representante de la ONU, logró rebajar la tensión negociando un acuerdo entre cada una de las partes y la Organización, por el que se trazaron líneas de demarcación y se instalaron puestos de observación de la ONU. Pero la tensión volvió a crecer entre Gran Bretaña, Francia y Egipto después de que este último nacionalizara el canal de Suez. Hammarskjöld intentó encontrar una solución mediante negociaciones privadas, sin resultado. Entonces recurrió a la presión diplomática y dio a entender que dimitiría si los Estados miembros no cumplían su compromiso de respetar todas las disposiciones de la Carta de la ONU.

El 1 de noviembre de 1956, la Asamblea General aprobó, a propuesta de Estados Unidos, la resolución 997 (ES-I), que pedía un alto el fuego inmediato, la retirada de todas las fuerzas tras las líneas de armisticio y la reapertura del canal. Se encargó al secretario general que vigilara el cumplimiento de la resolución e informara sin demora al Consejo de Seguridad y a la Asamblea General, para que estos órganos tomaran las medidas que consideraran oportunas conforme a la Carta.

Por primera vez en la historia de las Naciones Unidas, el secretario general recibía así amplios poderes. Esto dio a Hammarskjöld una posición de fuerza para mediar entre las partes: Francia y Gran Bretaña aceptaron suspender las hostilidades siempre que Israel y Egipto aceptaran el despliegue de una fuerza de la ONU que garantizara y supervisara esa suspensión y, después, impidiera que se violara la frontera entre Egipto e Israel. El resultado fue el fin de la guerra, el trazado de una línea de demarcación y la creación de una fuerza de la ONU encargada de vigilarla (Jahn, 1961).

Fue la primera fuerza armada de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas, conocida como Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas (FENU, o UNEF por sus siglas en inglés). La creación de esta primera misión fue pura improvisación. En un principio se concibió para sustituir la seguridad colectiva prevista en la Carta de las Naciones Unidas (capítulo VII), ya que las tensiones de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos bloqueaban el Consejo de Seguridad e impedían usar la ONU para resolver crisis internacionales.

Para hacer frente a la crisis de Suez, Dag Hammarskjöld, siguiendo una propuesta del ministro canadiense de Asuntos Exteriores, Lester B. Pearson, acudió a la Asamblea General para lanzar la nueva operación. Ante la amenaza de veto británico y francés, tuvo que buscar otra vía para desplegar el primer contingente de la ONU: la resolución «Unión pro paz», que databa de la guerra de Corea. Este método, muy polémico, permite a la ONU autorizar el despliegue de tropas sin la aprobación del Consejo de Seguridad. Tras arduas negociaciones en la Secretaría, se autorizó por fin el despliegue de la FENU en Egipto, y sus soldados lucieron por primera vez los cascos azules. Este episodio muestra el talento de Hammarskjöld para desplegar su diplomacia y resolver un problema en plena tensión de la Guerra Fría entre dos adversarios muy poderosos.

También contribuyó de forma decisiva a resolver la crisis de 1958 entre el Líbano, Jordania y los Estados árabes, con la creación y dirección del Grupo de Observación de las Naciones Unidas en el Líbano (UNOGIL) y la apertura de una oficina del representante especial del secretario general en Jordania ese mismo año (PNUD, 2012, p. 2). En estas crisis pudo desplegar todas sus cualidades, en especial su capacidad para negociar y actuar con rapidez y firmeza. A él se debe, sobre todo, que todas ellas se resolvieran con el espíritu de las Naciones Unidas y que se estableciera la paz en la región (Miller, 1961). Fue un triunfo del ideal de paz que representa la ONU y, además, reforzó enormemente la posición del secretario general (Jahn, 1961).

Para Dag Hammarskjöld, la Carta de la ONU fue siempre la brújula para abordar cualquier problema. Su liderazgo volvió a ponerse a prueba con la independencia del Congo, el 30 de junio de 1960. Era una de las colonias europeas más grandes y ricas en recursos de África. El nuevo Gobierno, con Joseph Kasavubu como presidente y Patrice Lumumba como primer ministro, se enfrentó a una multitud de problemas: la administración, que había estado en manos belgas, se había desmoronado; el ejército se había amotinado; buena parte de la población blanca había huido; las tropas belgas habían intervenido, en parte para proteger a los habitantes blancos; y la provincia de Katanga se había declarado Estado independiente (Gibbs, 1993). Todo ello —el hundimiento de la administración, el motín del ejército y, por último, la secesión de Katanga— explica por qué el presidente Kasavubu y el primer ministro Lumumba pidieron al secretario general el «envío urgente» de ayuda militar de las Naciones Unidas para responder a la acción belga.

El Consejo de Seguridad aprobó la resolución 143 (1960), en la que pedía al Gobierno belga que retirara sus tropas del territorio congoleño. Esta sesión fue muy importante porque marcó un punto de inflexión en la historia de la ONU: era la primera vez que la Organización usaba la fuerza armada para intervenir activamente en un proceso de fin del dominio colonial (Jahn, 1961). La resolución autorizaba al secretario general a tomar, en consulta con el Gobierno congoleño, las medidas necesarias para proporcionarle ayuda militar hasta que ese Gobierno considerara que sus propias fuerzas de seguridad, con la asistencia técnica de la ONU, podían cumplir plenamente su cometido. A raíz de esta decisión se creó la Operación de las Naciones Unidas en el Congo (ONUC), una fuerza que llegó a contar con casi 20 000 efectivos en su momento de mayor despliegue.

Sin embargo, la intervención de la ONU no dio el resultado que esperaba el presidente Lumumba. Las tropas belgas se quedaron en sus bases de Katanga y llegaron al Congo nuevos refuerzos belgas. En respuesta, Lumumba dio un giro inesperado y anunció que podría pedir ayuda a la Unión Soviética si las potencias occidentales seguían agrediendo al Congo. Así, la crisis congoleña se convirtió en un elemento más del enfrentamiento entre el Este y el Oeste, lo que complicó enormemente la posición de Hammarskjöld y de la ONU en el país.

Dag Hammarskjöld defendió su política en el Consejo de Seguridad y en la Asamblea General. Insistió en todo momento en que toda la ayuda al Congo, tanto civil como militar, debía canalizarse a través de la ONU, sin permitir que ningún bloque de poder ejerciera su influencia para defender sus propios intereses. Recibió duras críticas tanto del Este como del Oeste. En su respuesta, serena y digna, a quienes movían los hilos del poder en las Naciones Unidas, afirmó que seguiría en su puesto mientras fuera necesario para defender y reforzar la autoridad de la Organización (Jahn, 1961). Y añadió: no son la Unión Soviética ni ninguna otra gran potencia quienes necesitan la vigilancia y la protección de la ONU, sino todos los demás (Jahn, 1961). No vivió lo suficiente para defender sus ideales y llevar su política hasta el final.

Murió en un trágico accidente cuando viajaba a una reunión con la que esperaba poner fin a los combates en el Congo entre las tropas de Katanga y las fuerzas de la ONU. Estos enfrentamientos acababan de estallar al intentar aplicar la resolución 161 (1961) del Consejo de Seguridad, del 21 de febrero de 1961, que pedía a las fuerzas de la ONU tomar medidas inmediatas para evitar una guerra civil en el Congo y usar la fuerza solo como último recurso. La resolución exigía además la retirada inmediata de todo el personal militar, político y de asesoramiento belga o de otros países que no estuviera bajo el mando de la ONU.

Dag Hammarskjöld sufrió críticas y ataques violentos y desmedidos, pero nunca se apartó del camino que había elegido desde el principio: convertir la ONU en una organización internacional eficaz y constructiva, capaz de dar vida a los principios y objetivos de su Carta, y dirigida por una Secretaría fuerte, formada por personas que sintieran y actuaran con mentalidad internacional. Su meta constante fue que la Carta de la ONU se convirtiera en la norma por la que se rigieran todos los países.

La tabla siguiente recoge los conflictos y crisis en los que Dag Hammarskjöld aportó su experiencia como mediador y en los que las Naciones Unidas actuaron como tercero imparcial y neutral. Según Peter Wallensteen, un rasgo común y destacado de todas estas intervenciones fue la capacidad de Hammarskjöld para interpretar los mandatos y encontrar soluciones ingeniosas, así como principios y vías prácticas de actuación (Wallensteen, 2011).

Peter Wallensteen, titular de la Cátedra Dag Hammarskjöld de Investigación sobre Paz y Conflictos de la Universidad de Uppsala (1985-2012), destaca nueve rasgos especiales de la diplomacia discreta (mediación) de Hammarskjöld que explican su éxito en estas crisis en plena Guerra Fría:

  1. Diplomacia sobre el terreno: acudir personalmente a la zona del conflicto en lugar de enviar a representantes especiales.
  2. Construir confianza mutua y personal: generar confianza en el trato directo, cara a cara.
  3. Crear margen de influencia diplomática: apoyarse en la Carta de las Naciones Unidas para reforzar su posición como mediador.
  4. Actuar pronto siempre que sea posible: evitar que el conflicto o la crisis se agrave (diplomacia preventiva).
  5. Construir coaliciones: reunir apoyos suficientes para respaldar sus acciones y propuestas.
  6. Proteger la integridad del cargo de secretario general: tomar la Carta de la ONU como guía de todas sus acciones y decisiones.
  7. Diplomacia en varios frentes: trabajar sobre las distintas dimensiones de la crisis, tanto internacionales como internas; por ejemplo, en el Congo trató a la vez con actores internacionales y nacionales.
  8. Asumir riesgos: tomar la iniciativa en lugar de quedarse de brazos cruzados observando la crisis.
  9. Resistencia y sencillez: dar prioridad a los mandatos y mantener una actitud humilde y con los pies en la tierra (Wallensteen, 2011).

De todas sus mediaciones, la intervención en el Congo fue la más polémica, y el papel de la ONU allí fue criticado por casi todas las partes, tanto por su planteamiento como por su ejecución. A quienes acusaban a la ONU de haber fracasado, Hammarskjöld les respondió con ironía mordaz: con menos cascos azules que policías había en Manhattan para un territorio cinco veces mayor que Francia, era difícil que la ONU fuera más eficaz que la policía de Nueva York «en la prevención del asesinato, la violación y otras formas tradicionales en que el hombre se realiza a sí mismo» (Gilmour, 2013).

Sus palabras sonaron amargas en su momento, pero con el tiempo los líderes mundiales le dieron la razón. Seis meses después del accidente, el colaborador sueco más cercano de Hammarskjöld fue convocado al Despacho Oval. El presidente Kennedy le explicó que se había dado cuenta, demasiado tarde, de que se había equivocado al oponerse a la política de la ONU en el Congo por motivos anticomunistas, y lamentó no poder ya pedir disculpas a Hammarskjöld en persona: «Ahora me doy cuenta de que, a su lado, soy un hombre pequeño. Fue el mayor estadista de nuestro siglo» (Gilmour, 2013).

Un espacio de silencio: la Sala de Meditación de las Naciones Unidas

Uno de sus legados más duraderos en la ONU es la Sala de Meditación, inaugurada por primera vez el 14 de octubre de 1952. Su existencia fue una batalla ganada a pulso por un grupo que también consiguió que se guardara un minuto de silencio al principio y al final de cada Asamblea General, una tradición que se mantiene hasta hoy. Se trata de un espacio dentro de la sede de la ONU donde cualquier persona puede recogerse en sí misma, sea cual sea su fe, credo o religión.

Pero Dag Hammarskjöld quería algo más digno. Contó con el apoyo de un grupo formado por cristianos, judíos y musulmanes, los «Amigos de la Sala de Meditación de la ONU», que unieron sus fuerzas para transformarla en «Un espacio de silencio», una obra maestra cuya realización supervisó personalmente el propio Hammarskjöld. Su objetivo era crear en esta pequeña sala un lugar donde las puertas pudieran abrirse a los territorios infinitos del pensamiento y la oración.

En su discurso de inauguración de la sala, subrayó que esta casa, dedicada al trabajo y al debate al servicio de la paz, debía tener una sala dedicada al silencio exterior y a la calma interior. «Se ha querido crear en esta pequeña sala un lugar donde las puertas puedan abrirse a los territorios infinitos del pensamiento y la oración. Aquí se encontrarán personas de muchas creencias, y por eso no se ha podido usar ninguno de los símbolos a los que estamos acostumbrados en nuestra meditación» (Hammarskjöld, 1961).

Conclusión

Siempre es difícil resumir el legado de alguien que logró tanto en una vida tan breve. En la vida de Dag Hammarskjöld no hubo un solo momento de tregua: como funcionario, economista y, finalmente, diplomático mundial, vivió las mejores y las peores experiencias que uno pueda imaginar. Al llegar al aeropuerto de Idlewild, en Nueva York, para asumir el cargo de secretario general, habló de su afición al montañismo, que puede compararse con su labor como mediador internacional: «Me interesa el montañismo, pero mi experiencia se limita a Escandinavia, donde escalar exige más resistencia que acrobacias, y donde las montañas son más armoniosas que espectaculares, más prosaicas —si se me permite la palabra en este contexto— que elocuentes. Aun así, sé lo suficiente de este deporte para saber que las cualidades que requiere son precisamente las que creo que todos necesitamos hoy: constancia y paciencia, los pies bien firmes en la realidad, una planificación cuidadosa pero imaginativa, una clara conciencia de los peligros, pero también del hecho de que el destino es lo que hacemos de él, y de que el escalador más seguro es el que nunca duda de su capacidad para superar cualquier dificultad» (PNUD, 2012, p. 9).

Estas palabras resumen a la perfección su labor diplomática como «apóstol de la mediación», y reflejan cómo afrontó todos los retos de su etapa como secretario general: con constancia y paciencia, los pies en la tierra, una planificación cuidadosa pero imaginativa y una clara conciencia de los peligros.

(Como es lógico, dado que se trata de un post de 2018, sobre el que nos hemos visto obligados a actuar para evitar la incongruencia ante la falta del referente principal, no vamos a añadir ningún comentario sobre el mismo y nos limitamos a dar las explicaciones pertinentes para que nuestros lectores entiendan y disculpen las molestias)

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